miércoles, 17 de noviembre de 2010

LAS 5 MEJORES CITAS (#4)

La salida que voy a contar a continuación, entra definitivamente en ésta categoría porque, a parte de haber sido una buena primera cita, fue completamente bizarra, y eso tiene doble mérito.

No nos conocíamos mucho, pero cuando me invitó a salir no lo dudé y dije que si.

A eso de las 8 de un jueves me pasa a buscar por mi casa. Empezamos a charlar sonrientes y un tanto incómodos en el auto, típico de una primera cita.

De repente veo que entra en el Rosedal, frena el auto y se baja. Lo miro un tanto confundida sin saber qué estaba a punto de pasar. Me dice: "ahora te toca manejar a vos! Dale, tenés que aprender alguna vez!".

Yo estaba pálida de miedo. En una primera cita chocar el auto del masculino queda un poco mal, no? Insiste tanto que no pude decir que no. No tenía escapatoria. Respiré hondo y me senté en el asiento del conductor esperando lo mejor y rezando y puteando en voz baja.

Y traté. Hice lo que pude. Convengamos que era un auto automático y no se necesitaba demasiada destreza para manejarlo, pero mi pánico al volante me estaba jugando en contra. Todo venía mas o menos bien, hasta que se cruza un travesti y casi casi que lo piso. Él es de esas personas que viven en un estado de serenidad absoluta, pero en ese momento pude ver como sus ojos saltaban de miedo al ver lo que se estaba jugando por una minita. En seguida cambiamos de lugar y seguimos con la cita, haciendo de cuenta que no había pasado nada.

Después de la clase frustrada de manejo, fuimos a caminar por Puerto Madero, charlamos un poco y entramos al Hilton. No fuimos a tomar algo, no fuimos a la habitación. Solo caminamos por los pasillos, y nos dimos besos por ahí.

Cuando estábamos bajando, pudimos ver que había un evento en uno de los salones. Me agarró la mano y sin ninguna inhibición me obligó a entrar. Nos terminamos colando en un congreso de medicina en el que nos hicimos pasar por invitados. Comimos y tomamos vino mientras charlábamos de la vida y nos presentábamos. Nadie se dio cuenta que no teníamos nada que ver.

La salida terminó con un beso en la puerta de mi casa y con una buena sonrisa después de una noche divertida. Pobre de mi, no sabía la que me esperaba. Pero estaba a la vista... ese masculino era sinónimo de problema.

Esa fue la noche en que rompí dos estructuras: mi miedo al manejo, y mi miedo a lo desconocido y lo nuevo.

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